tumblr_or3hh1iKDH1qe4ok2o1_1280

EL HOMBRE QUE SALVÓ AL MUNDO (Y NADIE SABE QUIÉN ES…)

El 26 de septiembre de 1983 yo era aún muy pequeño.

Todos los recuerdos que guardo desde entonces se los debo a un señor llamado Stanislav Petrov: no sé si llegaremos a encontrarnos, señor Petrov, pero quiero darle a usted las gracias. Por mantener la calma, por saber no obedecer órdenes; por salvarnos a todos.

Corrían los años más duros de la Guerra Fría, cuando las grandes superpotencias jugaban al Gran Juego del poder en campos alejados del patio de casa. Estados Unidos ponía y quitaba gobiernos a lo largo y ancho del mundo tratando de parar el avance del odiado Comunismo, que a su vez patrocinaba guerrillas y exportaba Kalashnikovs como si no hubiera mañana, con la sana intención de llevar el Paraíso del Proletariado a todos los confines del planeta, y convirtiendo de paso el mortal AK-47 en el objeto más representativo del siglo XX, por delante incluso del avión, la minifalda o el balón de futbol.

La doctrina imperante durante la Guerra Fría a nivel estratégico estaba condicionada por la posesión por parte de las dos superpotencias de la denominada “Triada nuclear”, que está compuesta básicamente por tres elementos: los misiles balísticos intercontinentales instalados en silos o en lanzacohetes, los misiles instalados en los submarinos nucleares y por último los bombarderos estratégicos. Sin una de estas tres patas una potencia nuclear podría permitirse el lujo de creer que puede atacar a otra con alguna posibilidad de que el atacado no respondiese destruyendo por completo al atacante. No obstante, cuando tu rival tiene los tres elementos de la Triada suponer que se puede ganar en una guerra de estas características con unas perdidas aceptables es una locura (si no lo es ya el mero hecho de gastar ingentes cantidades de dinero en desarrollar armas atómicas…).

Por eso Corea del Norte no tiene ninguna posibilidad en una contienda contra los Estados Unidos; porque, aunque pudiese desarrollar misiles balísticos intercontinentales le faltan dos de las tres cabezas de la Triada nuclear. Aunque pudiese lanzar alguno de sus misiles, e incluso suponiendo que pudiese alcanzar a su enemigo, el daño que causaría sería limitado, mientras que la respuesta de la otra parte sería devastadora: aniquiladora. Hoy en día hay muchas potencias nucleares, pero solo tres países disponen de los tres elementos que, según la doctrina estratégica, permiten a un país garantizar que nadie tratará nunca de atacarles con armas atómicas sin exponerse a su destrucción total: los Estados Unidos, Rusia y China (aunque hay quien dice que también Israel ha desarrollado aviones y submarinos capaces de transportar cabezas nucleares).

Un ataque preventivo por parte de los Estados Unidos contra, por ejemplo, la URSS podía acabar con la mayor parte de los silos de misiles, pero los bombarderos en el aire o los submarinos podrían devolver el golpe. Por eso durante los años de la Guerra Fría las superpotencias se enfrentaban en guerras sordas en lugares lejanos, porque como dice un dicho americano “no hay que ir con una navaja a una pelea de pistolas”, y ambos sabían que en caso de una guerra abierta entre las dos superpotencias ambos tendrían que poner en juego su armamento nuclear. El mundo sobrevivió a la Guerra Fría porque todos sabían que si uno de los dos contendientes atacaba, al otro no le quedaría más remedio que responder con todo su poder, y eso acabaría posiblemente con la especie humana, o en el mejor de los casos devolvería al medievo a los pocos que lograsen sobrevivir.

Por eso y porque en un bunker en algún lugar a las afueras de Moscú, en un nublado amanecer que podía haber sido el último, Stanislav Petrov supo mantener la cabeza tranquila, cuando cualquier otro podía habernos enviado de cabeza al apocalipsis.

Era, como ya he mencionado, el 26 de septiembre de 1983, y acababa de amanecer en Moscú cuando los sistemas de alerta temprana de la antigua URSS avisaron de un ataque con varios misiles nucleares desde los Estados Unidos. El protocolo indicaba que Petrov tenía que haber avisado inmediatamente a sus superiores del “ataque”, para que estos pudiesen desatar la Triada, pero el oficial soviético, en una clara violación de sus tareas, no hizo nada. Se quedó sentado, descartando lo que le decía el ordenador, considerándolo como lo que a la postre fue: como una falsa alarma. Su sentido común le decía que un ataque como ese no era lógico, que no venía a cuento, y por otro lado sabía que en caso de dar la alarma la URSS desataría el Armagedón al sentirse atacada, con motivo o sin él.

Cuenta que se quedó pegado a la silla. Sin poder moverse; apenas podía respirar, aplastado por el peso de la responsabilidad: el peso de la humanidad sobre sus hombros, nada menos. Dice que estimó que había un 50% de posibilidades de que el ataque fuera cierto, pero que prefirió no apostar a la especie humana a cara o cruz. Prefirió no cumplir las ordenes a rajatabla. Gracias otra vez, Petrov.

Y hoy, casi treinta y cuatro años después, parece que el peligro ha pasado, pero lo cierto es que en el mundo aún hay armas nucleares para arrasarlo por completo cientos, si no miles, de veces. Si bien el peligro no parece tan latente como en la Crisis de los Misiles de Cuba, aún dejamos el botón nuclear en manos de gente tan “sensata” como Trump, y aunque las tensiones internacionales han descendido, lo cierto es que la posibilidad de una hecatombe nuclear no es despreciable.

Y el verdadero peligro para la humanidad no son las bombas atómicas en sí mismas; no cabe duda de que se contarían por cientos de millones las muertes, pero el colapso de la civilización vendría provocado por las consecuencias del Invierno Nuclear: contaminación, radiación en el aire y en el agua que acabaría con los recursos hídricos y haría imposible cultivar los campos…

Personalmente me considero optimista con el género humano: creo que estamos en el mejor momento de la historia, y creo que podemos ser lo bastante inteligentes como para avanzar hacia un mundo mejor para los que lo pueblen; pero una sociedad que mantiene un arma cargada en el armario de su casa, y que deja el arma al alcance de los niños, aún tiene mucho que mejorar.

No soy un iluso: en el estado actual en que nos encontramos el ser humano es violento y a veces se hace necesario el uso de la violencia para defender un “orden” que nos hemos inventado, pero que creemos que funciona mejor que otros ordenes inventados. Dicho esto, cada vez me resultan más ilógicas las carreras militares, sobre todo llegados a un punto en que el menor error puede llevarnos al Apocalipsis, y quizás ese día, frente al ordenador, haya alguien educado para obedecer órdenes.

Y las obedezca.

Share

Leave a reply