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La identidad española

Un hombre acude al psiquiatra.
-Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina.
-Pues enciérrenlo.
-Lo haríamos, doctor, pero necesitamos los huevos.
Woody Allen

Este chiste de Woody Allen puede servirnos para explicar España, para entender esta lucha interminable. Porque nuestra esencia no parece ser una u otra, sino ambas, y más aun, la pelea. El español necesita su némesis para ser, su dualismo, su alma gemela invertida. El romano necesita al cartaginés, el celta al íbero, el cristiano al musulmán, el afrancesado al castizo, el liberal al conservador, el burgués al anarquista, el carca al progre, la COPE a la SER, y así todo y siempre.
La identidad del español es su desesperación, su fatalismo, su malestar, atribuido todo ello al vecino, al hermano, a Abel. Todo español se considera un Abel, y suele ser un Abel porque normalmente abunda más la victima que el verdugo, pero está dispuesto a ser Caín si el reparto de papeles lo impone, si cambian las tornas.
Si el español buscara su razón de ser en un objetivo externo, común, podría superarse y evolucionar, pero no es eso lo que le bulle en las tripas. El español necesita levantarse cada mañana para repetir su historia, para lamentarse de su hermano, que se cree una gallina, y al mismo tiempo recoger los huevos. Una dictadura como la de Franco, que exterminó la oposición, vivió sin embargo de ella, convivió con su fantasma, se identificó frente a ella, la siguió necesitando.
Una secesión de regiones ricas, como ahora quieren promover, sería una desnaturalización desastrosa para todos, una ruptura del alma. Quizá seríamos menos coléricos, pero careceríamos de nuestro estado natural de contradicción. Lo más seguro es que, fatalmente, buscáramos otra némesis.
Barcelona tiene su motor en Madrid. Sin Madrid, Barcelona sería abúlica y definitivamente provinciana, una triste capital de república báltica. El vasco es el que no es maketo y necesita al maketo para ser vasco. Por supuesto, todos sabemos que no hay España sin vascos, que no sólo los vascos son españoles sino que los españoles somos vascos porque todos venimos del reino de Navarra.
En caso de secesión vasca veríamos allí, probablemente, una agudización del dualismo, esa energía española que nunca desparece sino que se transforma. Al día siguiente de la independencia empezarían las bofetadas entre los de la margen izquierda y los de la margen derecha de la ría, entre las ciudades y las aldeas, entre las tres provincias del norte y Navarra.
Los nacionalismos son éticamente detestables porque se alimentan de un problema que ellos mismos crean y para el que se ofrecen a sí mismos como única solución. Un oportunismo. Pero eso es política doméstica, cortita de vuelo. El verdadero meollo del nacionalismo es servir de actual puesta en escena de una identidad más duradera, la española, la ibérica. Por eso, nada más español que lo antiespañol, -amamos España porque no nos gusta, dijo el otro- nada más esencialmente español que la contradicción. Doctor, el lehendakari está loco, cree que es una gallina. Pues enciérrenlo. Lo haríamos, pero necesitamos los huevos.

imagen: La promulgación de la Constitución de 1812, obra de Salvador Viniegra (Museo de las Cortes de Cádiz)

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