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AUGUSTALIAS EN CORDUBA

 

    Entre los edificios destacados de la Antigua Roma hallamos los templos. No obstante las referencias sobre ellos en la ficción, bien se trate de películas o literatura son muy someras. Y en la no ficción encontramos detalladas descripciones como las del templo de Corduba: seis columnas en la fachada principal, diez en las laterales…En definitiva, parecen convidados de piedra y son muy escasas las ocasiones en las que se imprime un soplo de vida a estos impresionantes edificios.

-¡Vamos Claudia!, ¡levántate!. Han llegado los idus de octubre, ya están aquí las Augutalias. No podemos llegar tarde, dijo Aurelia mientras sacaba del baúl la túnica blanca de su hija.

  La pequeña abrió sus grandes ojos azules y descalza corrió hacia los rediles. Sólo se detuvo un instante para coger varias hojas de parra, las preferidas por Zeus.

  Llegó a los corrales con su inagotable sonrisa, ansiosa por verlo. Pero su entusiasmo pronto se desvaneció, algo terrible había sucedido. Zeus no estaba en su emplazamiento habitual.

-¡Zeeeuuus!, gritó con dos lagrimitas de desesperación asomando en sus ojos.

  Buscó en los demás rediles, se subía en las maderas que conformaban las vallas, como una cigüeña haciendo equilibrio, y miraba insistente entre los caballos y las vacas, pero era inútil, no aparecía por ningún lugar.

  Su brillante sonrisa se diluyó por completo y una oscura tristeza la envolvió. Se negaba a aceptar que ya nunca más volvería a verlo saltar y corretear a su alrededor. No podía creer que el chivito más hermoso y alegre del lugar, su gran amigo,  se hubiera marchado.

   Claudia temía lo peor y desesperada fue a buscar a su padre, exigiendo con su gesto  apenado una explicación.

-¡Papá!, Zeus ha desaparecido.

– No te preocupes hija, seguro que estará bien, los dioses lo protegerán, respondió su padre sin mirarla a los ojos.  Anda tienes que vestirte o llegaremos tarde.

Para ella las fiestas ya no tenían mucho sentido pero debía acompañar a sus padres.

  Accedieron a Corduba por la Vía Augusta desde donde ya se divisaba el templo. Llevaron el carro hasta la casa de su tía Cornelia y todos se dirigieron al foro. Dejaron atrás el circo y se adentraron en la plaza, los soportales estaban repletos de quienes realizaban las últimas compras en aquellas tiendas que aún no habían cerrado. La familia de Claudia se aproximó sin dilaciones al templo. Sus puertas estaban abiertas de par en par y los congregados se esforzaban por ver más allá de las sombras vacilantes que proyectaban las lucernas desde la sala principal del edificio.

  El sacerdote subió los peldaños y accedió al interior. Se colocó frente el fuego sagrado que ardía ante la divina estatua del emperador y llenó un recipiente de bronce con sus ascuas.

  Salió del templo y se acercó hasta el altar que precedía las seis columnas de mármol de la fachada principal.

  Todos esperaban atentos el inicio de los actos. Todos no, Claudia acababa de descubrir algo increíble, inesperado y maravilloso junto a la puerta lateral del templo.

  Aprovechando que su madre estaba pendiente de la ceremonia, le soltó la mano y se alejó hacia allí.

  El sacerdote ataviado con túnica blanca y un manto sobre la cabeza comenzó los cánticos en honor a la divinidad. Invocó la presencia del dios con los brazos alzados y realizó la plegaria pertinente solicitando su protección mientras arrojaba incienso en el fuego sagrado.

A cambio de ofrecer amparo los dioses exigieron su tributo.

  Había llegado el momento más importante del ceremonial. El cuchillo afilado y los recipientes para recoger la sangre y las vísceras estaban preparados. Los auxiliares debían conducir el animal elegido para el sacrificio hasta el altar, previamente purificado con el agua lustral y engalanado con cintas de colores, pero el tiempo pasaba y el animal no llegaba.

  El sacerdote miraba con insistencia a sus ayudantes que se encogían de hombros y le hacían gestos extraños. Pero qué estaba ocurriendo. El oficiante, desconcertado, dio una vuelta entorno al altar y los auxiliares aprovecharon para informarle. Los congregados murmuraban, la ceremonia no se podía retrasar más y al fin el sacerdote anunció lo siguiente.

-Se ha producido un incidente insólito, un contratiempo lamentable. En lugar del sacrificio previsto nos vemos obligados a ofrecer al dios esta libación de vino, confiamos en que también sea de su agrado.

  Nunca antes había sucedido algo parecido, los lugareños se lamentaban y temían la reacción del dios.

  El sacerdote derramó un jarro de vino sobre el altar y concluyó la ceremonia con el himno final que daba paso a la procesión.

  Los sacerdotes y magistrados, envueltos aún en aromas sagrados, abrían la comitiva junto a los carros que portaban las imágenes de Augusto y Claudio, tras ellos los jóvenes vestidos de blanco y adornados con coronas de laurel,  por último el resto de participantes. Se dirigían al circo donde darían comienzo los ludi Augustales.

  Cuando el gentío comenzaba a organizarse apareció Claudia quien volvió a tomar la mano de su madre. Fue entonces cuando Aurelia se percató de que la pequeña no había estado presente durante toda la celebración.

-Pero dónde te has metido, le preguntó angustiada.

Ella se dirigió entonces a su padre.

-Papá, tenías razón, los dioses han protegido a Zeus. Lo hallé en el templo, se alegró mucho al verme, movía sin parar sus orejas inquietas y me colmó de besos. Estaba muy limpio y adornado con cintas de colores aunque me confesó que deseaba volver con nosotros. Pero no te preocupes ya lo he solucionado dijo levantando súbita e inesperadamente con las dos manos al pequeño Zeus. Aurelia y su marido quedaron atónitos, boquiabiertos, cuando tuvieron ante ellos de nuevo al entrañable animalillo mordisqueando sin parar aquellas peculiares cintas de colores.

Fin

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